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Hay hombres que no se van del todo porque sus palabras se quedan pegadas a las paredes de la ciudad que amaron. Hoy se cumple el primer aniversario de la desaparición física de Leopoldo Espinoza Prieto, el cronista, escritor y poeta que dedicó su existencia a descifrar el alma de la Isla de Margarita desde su trinchera literaria en La Asunción.
El centinela de la «Ciudad Eterna»
Nacido en el corazón de la capital neoespartana, Leopoldo no fue un simple espectador de la historia; fue su guardián. Desde joven, su mirada se detuvo en aquello que otros pasaban por alto: el susurro de las tradiciones, el valor de una anécdota de esquina y los rostros de personajes que, de no ser por su pluma, habrían sido borrados por el viento salobre del Caribe.
Como Cronista de La Asunción, su labor fue fundamental. No se limitó al archivo frío, sino que rescató del olvido la microhistoria, esa que construye el patrimonio vivo de un pueblo. Su estilo, una mezcla perfecta entre la rigurosidad histórica y la sensibilidad poética, permitió que las nuevas generaciones conectaran con sus raíces de una forma amena y profunda.
Una obra tejida con amor insular
La bibliografía de Espinoza Prieto es un mapa imprescindible para entender la identidad margariteña. Entre sus páginas, la isla se revela en toda su complejidad y belleza. Obras como:
- «La Asunción: Crónica de una ciudad colonial»
- «Margarita: Perla del Caribe»
- «El folclore margariteño»
- «Poesías de la Isla»
Estas piezas no son solo libros; son legados que hoy reposan en las bibliotecas como tesoros del saber popular y académico.
El aliado incansable: Su vínculo con el Grupo Otilca
La generosidad de Leopoldo trascendió el papel. Fue un eterno colaborador y guía para el Grupo Otilca, compartiendo su sabiduría a través de artículos para OtilcaRadio y facilitando libros digitalizados para que el conocimiento no tuviera fronteras.
Incluso en sus últimos días, su mente no descansaba; se encontraba inmerso en la creación de un artículo especial para el relanzamiento de la Revista Otilca, un texto que ahora queda como un testimonio inconcluso de su pasión inagotable por escribir.
«Leopoldo no escribía sobre La Asunción; escribía desde el corazón de ella. Su ausencia física duele, pero su presencia en cada crónica nos recuerda quiénes somos», comentan allegados al mundo cultural insular.
Un vacío que se llena con su lectura
A un año de su partida, el mejor homenaje que puede rendir el pueblo neoespartano es volver a sus libros. Leopoldo Espinoza Prieto no buscaba la gloria personal, sino la inmortalidad de su tierra. Hoy, al recorrer las calles asuntinas, es imposible no sentir que, en cada recodo de la historia local, sigue viva la huella de su compromiso.
Que su pluma siga inspirando a los nuevos cronistas de la Isla.
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