Dicen los entendidos que El pez que fuma (1977) ha sido una de las mejores, sino la mejor película venezolana de todos los tiempos. Una afirmación que, de entrada, resulta bastante perentoria. Generalmente ocurre que estas sentencias absolutas suelen ser maniqueas; arriman el corazón hacia uno de los márgenes, casi siempre pendulados por la emoción, la nostalgia o el impacto del momento.
Asegurar que el largometraje de Román Chalbaud es la cumbre solitaria del cine nacional es un juicio de calibre grueso. Sobre todo cuando, al mirar el horizonte retrospectivo de nuestra cinematografía, han brillado otros filmes con la fuerza suficiente para reclamar, si existiere, ese esquivo sitial de honor.
Para calibrar la justicia de ese primer lugar, basta con pasearse por una filmografía rica, diversa y, a menudo, subestimada. ¿Cómo ignorar la crudeza mística de Jericó (1991) o la agudeza social de Pelo malo (2013)? El cine venezolano ha sabido transitar desde la intimidad poética de Oriana (1985) hasta el melodrama clásico de La balandra Isabel llegó esta tarde (1950).
La lista de contendientes es tan larga como heterogénea:
- Una vida y dos mandados (1996): Una mirada entrañable a la identidad andina y la memoria.
- Hermano (2010): El retrato vibrante del fútbol como válvula de escape a la violencia urbana.
- Reverón (2011): La obsesión del color y la locura del «Mago de la Luz» capturada en celuloide.
- La distancia más larga (2013): Una dolorosa pero hermosa redención de las llagas familiares en la Gran Sabana.
- Al Paredón (1970): El pulso político y la agitación social de una época convulsa.
Y, por supuesto, una mención aparte merece —en el pináculo más alto del Olimpo cinematográfico nacional— el documental Araya (1959), la obra maestra de la perpetua e inmortal Margot Benacerraf, un poema visual sobre el hombre y la sal que puso a Venezuela en el mapa de Cannes mucho antes del boom de los setenta.
Para rematar la complejidad de este asunto, el país carece de un comité cinematográfico institucionalizado que ayude a jerarquizar, con criterios unificados y constantes, las escalas de los mejores filmes nacionales. Todo queda a merced de la crítica disgregada y las pasiones de la cinefilia.
Sin embargo, el mismísimo «Querubín de hojalata» —autoepíteto con el que solía despacharse el propio Román Chalbaud— tenía su propia opinión. En vida, el realizador declaró que su mejor película no fue la historia de la célebre «Garza», sino La oveja negra (1987). Este film le merecía su mayor valoración personal debido a una razón puramente artística: según sus palabras, «vuela con alas de poesía».
Paradójicamente, otros tratadistas y estudiosos, quizá con la vista más aguzada o menos sentimental que el director, prefieren cantarles odas a obras más tempranas de su filmografía, como Los Ángeles Terribles (1967) o su ópera prima, Caín adolescente (1959).
A ‘El pez que fuma’ nadie le quita lo bailado
Sea como fuere, más allá de los debates teóricos, a El pez que fuma nadie le quita lo bailado. Es, sin duda, una película puntera. Al margen de ponderaciones académicas o apetencias personales, y de si merece o no el título absoluto de «la mejor», el punto indiscutible es que este film ocupa un sitial de oro en el acervo de la cinematografía nacional.
El burdel regentado por La Garza no fue solo un escenario de ficción; se convirtió en un espejo hiperbólico de la Venezuela del «Ta’ barato, dame dos», una metáfora descarnada del poder, la traición y la condición humana.
El mérito de la obra no radica únicamente en la estridencia que tuvo en la taquilla de la época o en el inédito fenómeno social que suscitó en el espectador de a pie. Su verdadero valor sobrevive en el tiempo por la maestría de su tratamiento cinematográfico, la contundencia de sus actuaciones (con una imborrable Hilda Vera) y una dramaturgia que convirtió la marginalidad en alta literatura audiovisual. ¿La mejor de la historia? Quizás sea una pregunta sin respuesta única, pero lo que es seguro es que el cine venezolano no se entiende sin ella.
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