En Venezuela, la Semana Santa no solo es un tiempo de recogimiento y fe; es, ante todo, un reencuentro con la identidad culinaria. Mientras las campanas doblan en las iglesias, en las cocinas de todo el país se orquesta una sinfonía de aromas que definen una tradición centenaria: el olor a pescado fresco y el dulzor envolvente del majarete.
La Tradición del Mar y el Río
La abstinencia de carnes rojas ha convertido al pescado en el protagonista indiscutible de la mesa. Desde las costas de Anzoátegui hasta las riberas del Orinoco, la variedad es el sello distintivo.
En la Costa: El pargo, la carite y el mero se sirven fritos, acompañados de tostones y ensalada rallada.
En el Interior: El pescado salado es el rey. El cuajao (especialmente en el oriente del país) es una especie de pastel o tortilla que combina pescado (chucho o raya), huevo, plátano frito y papas, creando un equilibrio perfecto entre lo dulce y lo salado.
El Coporo y la Cachama: En los llanos, estos peces de río se convierten en el sustento de las familias que mantienen viva la costumbre de la pesca artesanal.
El Majarete: El Oro Blanco de la Cuaresma
Si el pescado es el cuerpo de la celebración, el majarete es su alma dulce. Este postre, de herencia indígena y colonial, es un flan de maíz tierno y coco que requiere paciencia y «buena mano».
«Hacer un buen majarete no es solo mezclar ingredientes; es saber cuándo la leche de coco ha impregnado el maíz y cuándo la canela ha dado su punto exacto«, comenta Doña Carmen, quien lleva más de 40 años preparando este dulce en su hogar en el centro de Caracas.
Los ingredientes esenciales:
- Maíz: Tradicionalmente se usa maíz tierno pilado.
- Coco: La leche extraída manualmente es el secreto de su cremosidad.
- Papelón: Para dar ese color ámbar y un dulzor profundo.
- Especias: Canela en rama y clavitos de olor.
Un Menú que Resiste al Tiempo
A pesar de los desafíos económicos, la mesa de Semana Santa sigue siendo un espacio de resistencia cultural. Las familias venezolanas hacen malabares para mantener estos platos, sustituyendo ingredientes o compartiendo gastos entre vecinos para que el «cuajao» no falte y el majarete siga endulzando la tarde del Viernes Santo.
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