Leyendas Venezolanas: El quemado de la hornalla

Según cuentan, hace muchos años atrás, se podría decir por los años de 1884, ocurrió un lamentable suceso en uno de los muchos trenes de molienda de caña dulce, diseminados por cerros huertas y conucos, del hermoso valle de San Sebastián.

Para conocimiento de las nuevas generaciones, en el valle antes mencionado conocido antiguamente como Vecindario “El Río” y luego Tacarigua Adentro, la economía se basaba en productos elaborados de la Yuca, como el cazabe y almidón, del Coco, el aceite y la pulpa o estopa, para engordar cochinos, de la Caña de Azúcar, el ron y papelón

Un tren de molienda, estaba compuesto por peones o esclavos, caballos, burros y toros, un gran trapiche de tres mazas, elaborado en madera y un Caney o casa grande, donde había espacio para almacenar la caña cortada, gran cantidad de envases hechos de barro y conocidos como “porongos”, donde se vaciaba la melaza o “guarapo” hervido y de allí salía el papelón, que luego se envolvía en hojas secas de caña, debidamente seleccionadas y limpias. Además había una hornalla grande, donde descansaba una enorme paila de hierro, con un horno grande por donde le metían leña y bagazo seco de caña y su chimenea alta hecha de piedras.

Nunca se supo con claridad lo que ocurrió en uno, de los varios sitios de molienda ubicados entre el cerro de la Huerta y el cerro de La Palma, la noche en que desapareció misteriosamente, un peón de molienda llamado Sebastián.

Habían pasado muchos años y cuentan los más viejos que cierta vez, un señor conocido como Rafael Gil, al cual le llamaban “Chaleco”, residente en la población de Tacarigua Afuera, o Tacarigua Corazón de Jesús, se dirigía a su sitio de trabajo agrícola que tenía en el lugar conocido como “El Abismo”. Muy lejos del pueblo y luego de avanzar mucho, se detiene en el sitio conocido como “La Barca”. Llamado así, por ser una gran piedra, que con el paso de los años, el riachuelo Copeycillo que pasa por sobre ella, fue excavando en su centro un gran hoyo, convirtiéndola en una poza, que asemeja una barca o barco, donde muchos se iban a bañar y pasar un buen momento en aquel paraje, que estando solo una persona, le infunde miedo.

Al llegar “Chaleco”, al sitio conocido como “La Barca”, saca de su mapire un pequeño taparo y lo llena de agua cristalina y fresca. El silencio de aquel hermoso lugar, fue interrumpido por el sonido que producía el llenado del taparo. Terminado de llenarlo, le coloca la tapa, que es un pedazo de tusa enrollado en un cachipo de plátano y lo coloca dentro de su mapire. “Chaleco” siente que en el ambiente, hay una quietud, un silencio y “carraspea”, mientras se lleva la mano al bolsillo de su pantalón y saca una “taleguita” o envoltorio, donde tenía su tabaco en rollo y “pellizca” un pedazo para llevárselo a la boca. Saborea la “masca”, para luego lanzar un escupitajo. Ya listo para continuar su camino al trabajo que tenía en el “Abismo”, aquel silencio reinante lo pone pensativo. No había dado dos pasos, cuando aquella quietud se rompe, al oírse un gran escándalo entre las ramas de los frondosos árboles que rodean el lugar, haciéndolo brincar del susto.

Chaleco” sorprendido, levanta la mirada para toparse con una manada de pájaros negros, de los conocidos, como los escandalosos “Anguyos”. En vista de lo sucedido y ya con más confianza en sí mismo, continúa su camino.

Habiendo caminado un buen trecho, ve a lo lejos que salía humo por entre las copas de los árboles, se detiene para observar con más atención, de quien podría ser ese trabajo de labranzas. Decide seguir caminando a ver si más arriba, logra saber a quién pertenece.

En un claro, que aparece en una curva del camino, logra divisar que el humo que está saliendo es de una chimenea en donde se cocina “guarapo” o jugo de caña, para hacer papelón. Esto le pareció muy extraño, ya que el sitio le parecía ser el de Valentín Guerra.

Muy sorprendido y sabiendo que en ese lugar, hacía mucho tiempo no se sacaba papelón, decide acercarse hasta ese sitio y ver quien estaba allí.

Chaleco, había salido muy de madrugada de su casa, rumbo a su sitio de labranzas y se da cuenta que ya estaba amaneciendo cuando llego al sitio de Felipe Guerra y quedó sorprendido al ver que aquel lugar estaba “lógrimo” y en un silencio total. Lo que más le sorprendió fue que no había ni una “chispa” de humo y al ver los alrededores, le pareció que los árboles, troncos y piedras que se encontraban cerca del Caney, tomaran formas, siluetas o figuras fantasmales, haciendo del lugar algo sombrío.

Sin pensarlo dos veces, echó a correr por donde había venido, mientras a lo lejos se dejaba escuchar unos terribles lamentos, como si estuvieran matando a alguien. Lo único que Chaleco dijo fue: -¡Ay mi madre!– y echo a correr con lo que le daban sus piernas y al desembocar al camino el susto fue más grande que pegó un grito, al encontrarse con la figura de una persona que traía un sobrero puesto y montado en un burro. Era Apolinar Guerra, quien a esa hora subía para su sitio de trabajo. El animal se asustó y se levantó en dos patas, que por poco hace que Apolinar se cayera de la montura.

¡Mira so gran carajo, que diablos te pasa que me asustaste al burro y por poco me hace caer!– le dijo Apolinar.

Chaleco, quien venía como alma en pena con el doble susto que había llevado, fue a parar a un lado el camino, todo tembloroso y sin poder hablar.

Ya calmado el burro, Apolinar se baja del animal que no dejaba de rebuznar, y lo amarra para luego dirigirse a donde estaba la persona que lo había asustado. Al acercarse lo reconoce de inmediato y le dice ayudándolo a levantarse:

¡Chaleco, pero si eres tú, que te pasa cristiano, que estas todo frío y sudando!

A lo que este le responde: ¡Ay mi madre! ¿Quién me mandaría a mí, a no seguir mi camino?-. Apolinar le pregunta: –¿Pero qué fue lo que te pasó?-.

Rafael “chaleco”, le cuenta todo lo ocurrido poco a poco y luego de sobreponerse del susto, ambos continúan su camino comentando lo que había pasado y luego de caminar un buen trecho, ambos se despiden y sigue cada quien para su trabajo.

Apolinar quien traía al burro por las riendas, se monta de nuevo sobre el animal y comenta para sí, “caramba, será verdad que “chaleco” vio al quemado de la hornalla o estará perdiendo el juicio” y continuó su camino, siempre con la duda.

Había pasado un tiempo prudencial desde aquello que le sucedió a Rafael “chaleco”, cuando en una noche de clara luna, Simón Ordaz y Venancio Romero, quienes eran muy amigos, decidieron salir a cazar conejos. El sitio de partida fue desde la “Quebrada de los Marcano” y seguir hasta voltear el cerro y salir al camino frente al Copeycillo.

Habían caminado tanto que llevaban tres conejos cazados y perseguían a otro que se les escapó a dos tiros de escopeta y nada. De pronto, se les apagó las luces de sus linternas y por más que trataban de hacerlas alumbrar, no lo conseguían. En vista de que había claridad de luna aprovechan y continúan buscando al escurridizo conejo que para ese momento lo habían perdido de vista y al llegar a lo alto del cerro, ven al otro lado del riachuelo, que en el sitio de Valentina Guerra, se observa como una luz en el Caney, lo que les pareció muy extraño. Ambos se olvidan de seguir buscando el conejo y deciden bajar por entre los matorrales y llegar al lugar. Cuando se van acercando al sitio, oyen voces como si hubiese gente arreando animales.

A la luz de la luna, llegan al sitio sin decir palabra alguna y se dan cuenta de que este, estaba solitario y lógrimo con un silencio que les hizo poner los pelos de punta. Venancio Romero mira a Simón y le dice: -¡Mejor nos vamos de aquí, esto no me está gustando!-

De pronto Simón lo detiene y le dice apuntando para el sitio -¡Mira, está saliendo humo de la chimenea!-

A lo que responde Simón a quien se veía todo asustado -¡Mejor nos vamos de aquí!

El humo que supuestamente veían salir de la chimenea de piedra, se iba esparciendo lentamente por el lugar, de tal manera que envolvía todo como si fuera neblina, dándole al sitio un aspecto siniestro y misterioso.

Sin pensarlo mucho ambos amigos se apresuran a salir de ese lugar, cuando se dejan oír unos lastimeros lamentos “...No me mates… Ayúdenme...”, que los hace voltear de nuevo hacia el Caney y ven salir detrás de este, a un hombre prendido en fuego caminando despacio y con los brazos extendidos. Al ver aquel espectro fantasmal, emprendieron veloz carrera camino abajo sin parar y vinieron a detenerse al frente de la antigua caja de agua, sin aliento, sin fuerzas y con las piernas temblándoles.

Al siguiente día, se corrió el comentario en el pueblo, de lo que les había sucedido a ambos, en una noche de luna llena cazando conejos. Esto llegó a oídos de Rafael “Chaleco”, quien luego comentó:

“-Ah! Caray, con que así es la vaina!¡Yo creía que a mi nada más me habían asustado en el sitio de Valentín Guerra.

Pasado ya unos años, se comentó en el pueblo, que el espanto del Quemado en la Hornalla, había sido uno de los muchos peones que antiguamente trabajaban en ese sitio de molienda, el cual fue vilmente muerto de un golpe de mazo en la cabeza y quemado en la hornalla, por un compañero celoso, debido a un reclamo amoroso, quienes en una noche de molienda, ambos se quedaron solos para sacar una fondá de papelón, mientras los demás peones habían salido con cargas de papelón para la venta.

Estos luego de reclamos y palabras, se fueron a los puños y cuando uno de los contrincantes cayó al suelo, el otro aprovecho un descuido y tomando una gruesa caña lo golpeó en la cabeza varias veces hasta dejarlo medio muerto y para no dejar rastros tomó el cuerpo y lo tiró dentro de la hornalla aún con vida, arrojándole más leña y bagazos secos de caña para que se quemara, mientras dejaba escapar horribles gritos de angustia que se perdían en medio de aquella trágica noche, hasta que cesaron de oírse.

Se cuenta que nunca fue encontrado su cuerpo, ya que este fue devorado por las llamas. En cuanto a su asesino, también desapareció la misma noche del suceso, que nunca más volvieron a verlo.

Hoy en día, aún se recuerda la leyenda, siendo pocos los que se atreven a pasar por ese lugar y menos ir de cacería, ya que el lugar es tan silencioso y tenebroso que espanta al más valiente.

Tomado del libro: “Historia, Relatos, Leyendas y Cuentos de San Sebastián” escrito por: Mario Gabriel Alfonzo Lista

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